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Cultura del Envase


Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios.
Eduardo Galeano


Se quejaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano de lo que él denominaba la «cultura del envase». Y lo que él aplicaba, de pasada, al campo de la religión podría ampliarse y aplicarse a un sinnúmero de situaciones que deberían alertar a los cristianos frente a esa «cultura» tan aceptable en la sociedad secular pero que debería ser totalmente inaceptable para los discípulos de Jesús.

Sin embargo, en la cristiandad nominal la «cultura del envase» está condicionando a personas e instituciones que, por el contrario, deberían guiarse por la cultura bíblica: una cultura que antepone lo esencial a lo circunstancial, la realidad a las apariencias, la dignidad humana a los formalismos, la espiritualidad a la burocracia, el temor de Dios al miedo a los hombres, Cristo a la Iglesia, la vida a la existencia.

En la práctica, sin embargo, muchos prefieren una religión «envasada» en la que importa más el continente que el contenido. Y así, hoy en día se «vende» el producto religioso no tal como es, sino oculto en el envase de tradiciones, de reglamentos y estatutos, de lo políticamente correcto, de normas consuetudinarias, de conveniencias e intereses creados.

En el terreno práctico, el envase se hace para el contenido, y no el contenido para el envase, y así debe ser también en el terreno espiritual. Jesucristo tuvo que recordarles a los que practicaban la cultura del envase en su época que «el día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo». Es decir, que las ordenanzas divinas tienen como fin el bien integral del ser humano y, por tanto, no son un fin en sí mismas. De la misma manera, la religión fue hecha por causa del hombre, no el hombre por causa de la religión. «A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien», y si no les ayudan a bien, no proceden de Dios. Cuando el legalismo y otras prácticas antibíblicas van en contra de los genuinos intereses humanos, deshumanizan a las personas y les causan sufrimientos innecesarios. Ese no es de ninguna manera el plan de Dios para la felicidad de sus criaturas.

La cultura del envase hace que la letra de la Escritura prevalezca sobre el espíritu de la misma. Agustín de Hipona decía: «Ama, y haz lo que quieras». La cultura del envase dice: «Si amas, harás lo que no quieras». Una sutil pero importante diferencia.

La cultura del envase produce envases herméticos que no admiten excepciones, ni el principio del mal menor, ni las consideraciones pastorales. Está en la misma línea que aquel Pilato que dijo: «Lo que he escrito, he escrito».

La cultura del envase no hace diferencia entre lo ideal y lo real. No reconoce que no vivimos en un mundo ideal y que, por tanto, no podemos esperar encontrar soluciones ideales a todos los problemas y situaciones difíciles. Es una cultura extraterrestre.

Un ejemplo concreto de la cultura del envase podría ser la doctrina del celibato. El celibato voluntario por causa del Reino de Dios tiene la bendición de Cristo y de Pablo, pero cuando se convierte en «norma de obligado cumplimiento» para quienes deseen servir a Dios, esta opción se convierte en un mero envase con nefastas consecuencias para los «envasados».

Otro ejemplo podría ser el concepto supralapsario de los decretos de Dios (según el cual, Dios decretó primero la condenación y posteriormente decretó la caída para que los seres humanos incurrieran en dicha condenación). De esta manera, los seres humanos se convierten en mero contenido de un envase teológico.

La vida humana es infinitamente más compleja que lo que algunas mentes sencillas pretenden que sea. Una de las características más notables de la Biblia es que refleja y reconoce esa complejidad. Esta es una razón por la que las Sagradas Escrituras no contienen meramente una serie de doctrinas y principios, sino que, además, incluyen en sus páginas abundantes ejemplos históricos, proveyendo así un amplio abanico de situaciones y consideraciones que nos ayudan a entender y aplicar las doctrinas y principios a casos reales.

No es que la Biblia propugne una especie de relativismo moral o una ética situacional. Por el contrario, nos muestra a un Dios de principios y leyes inmutables que condesciende a aplicarlos a un mundo caído y contradictorio.

La historia bíblica nos enseña que, de la misma manera que hay males menores por los que a veces hay que optar, también hay bienes superiores que suspenden normas generales. Abraham expulsó a Agar e Ismael de su casa con la aprobación de Dios por el bien de la descendencia de Abraham, aunque expulsar de tu casa a tu hijo y a su madre no se considere moralmente aceptable. David y sus hombres comieron de los panes de la proposición ante una imperiosa necesidad física, si bien por norma les estaba vedado comerlos. José se casó con la hija de un sacerdote pagano, y Ester se casó con un rey pagano (lo cual significó la salvación de su pueblo), a pesar de que los matrimonios mixtos están prohibidos en la Biblia como norma general. En estos y otros muchos ejemplos, vemos que el envase no es tan hermético como para desvirtuar el contenido. Es de suponer que la cultura del envase habría preferido una Ester mártir y un pueblo judío aniquilado. «A la ley y al testimonio», habría apostillado.


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